miércoles, 18 de enero de 2012

Ensayo analizado en clase.


EL DISCURSO POLÍTICO DE CONQUISTA EN COSTA RICA: HADO, VIDA Y PALABRA

Lic. Alexander Solano Hernández



Ave Caesar o morituri te saludant.

 Gaio Suetonio



La historia del poder describe el proceso del desarrollo jerárquico y social de la humanidad, algunas veces con la certeza de un liderazgo comprometido con su pueblo y en la mayoría de los casos, con el protagonismo déspota de una clase elitista que domina a la mayoría para servir a sus propios intereses.

Eliade, al igual que Jung, destaca el valor historiográfico del mito y la ancestral trasmisión de las ideas por el relato. Así, el mito griego tardío de la creación del mundo, dice que el ser original fue Eros, el amor. Una idea que parece romántica si se desconoce que la misma tradición identifica a este titán con Zeus, el regente del Olimpo y padre de los dioses. Como afirma De Jones, la maravillosa idea del amor se personificó en el líder político universal. Esta palabra, amor, se describe, etimológicamente, como la ausencia de la muerte (ab – mors), acepción lingüística que Nietzsche relaciona con la antítesis en el pensamiento trágico de los griegos: tánathos  y eros, la muerte y la vida.

Gobernar era una función predestinada por el hado y los regentes romanos lo predicaron al imitar la demagogia de los griegos. Entre los cristianos, los neoplatónicos, como una voz presente en el Evangelio de San Juan, señalaban al logos, la palabra, como el valor primario de la creación, que estaba con Dios y era Dios, quien a su vez, era el creador y el ordenador del mundo. Dios en verdad, teocéntricamente, es quien rige el mundo; es el eros y el logos, la vida y la palabra. Estas ideas también implican un derecho divino a gobernar, así lo muestra San Pablo en su Epístola a los Romanos, en la cual denomina “magistrados de Dios” a los gobernantes, quienes tienen el poder divinamente delegado de juzgar a los buenos y a los malos y decidir sobre la vida y la muerte. Más tarde, Nebrija apuntaría al lenguaje como instrumento del poder imperial y teóricos como Chomsky y Foucault relacionarían lo ideológico con el lenguaje.

La cultura democrática ha hecho creer que los líderes escogidos nos representan, por lo tanto, su efectivo o errado ejercicio del poder, es también el acierto o la culpa de todos. En los Estados laicos, ya no se considera al gobernante como el representante de Dios, pero es elegido para que también nos rija y tome las decisiones que más nos beneficien. De alguna manera, los regentes, como los reyes de ayer,  tienen el poder concedido para  escoger los caminos que conduzcan a la vida o la muerte de sus naciones en el contexto mundial. Mientras los monarcas de la antigüedad  imperaban bajo el signo del sol y apelaban a una infalibilidad innata, actualmente los políticos democráticos evocan la voluntad popular como prueba de su absoluta función vicarial.

Entonces, si nosotros, los costarricenses, somos los responsables de escoger mediante el sufragio a los gobiernos que luego criticamos y mofamos en los medios de comunicación y la palestra popular, ¿por qué durante cada periodo de ejercicio presidencial mostramos tanta decepción y contrariedad? Solo hay una explicación: Hemos sido engañados. Somos víctimas del mismo mensaje, tan convincente como falso, de los líderes que hemos elegido.

Este discurso demagógico y laureado en las campañas de promoción política, hace uso de los mismos recursos ideológicos de aquellos regentes que antaño trataban de convencer a sus pueblos de sus indefectibles cualidades. Apelan a un poder absoluto que les ha sido legado por la voluntad de la mayoría. Declaran tener el respaldo de Dios, pues se adhieren a la Iglesia Católica, que es la confesión de fe del Estado y reconocida en la Constitución Política. Ofrecen, como estrategia de “soteria”, la esperanza de mejorar la condición material y de vida de los pobres; una falacia ad misericordiam. Se envisten de cualidades mesiánicas, ya que prometen liberarnos del  flagelo y el abuso de los poderes imperialistas y destructores del ambiente. Los políticos que se promocionan se apropian del logos para alcanzar el galardón del poder. La fórmula antigua de persuasión se manifiesta nuevamente en el discurso: hado, vida y palabra.

Un claro ejemplo del ejercicio del poder sobre la vida, se encuentra en el denominado “caso Crucitas”. Recientemente, la Sala Constitucional tomó la decisión de vetar este proyecto minero tras una larga causa de legalidad, en la cual se demostró que el gobierno anterior violó el debido proceso y se impuso sobre los intereses nacionales. Es cierto también que los partidarios oficialistas argumentaron que se buscaba el bien del país y que a pesar de los daños colaterales al ambiente, los beneficios en el desarrollo y la mejoría para la vida de los menos privilegiados, mostrarían la validez de sus acciones. El presidente Oscar Arias, ante la “fuenteovejuna” formada en las calles por representantes de grupos ecologistas y de izquierda, afirmó que Costa Rica es un país ingobernable. Ellos representaban a la mayoría, fueron elegidos para eso; podían decidir para beneficiar a los costarricenses. Ese era su discurso y sigue evocándose en el gobierno de turno.

El malinchismo, como denunciaba Octavio Paz, es un mal que padecen los líderes de América Latina y Costa Rica no es la excepción. El desafortunado y falaz modelo político de nuestra democracia se apropia de un discurso de conquista, para el cual trabaja la clase gobernante a favor de un imperialismo neoliberal cada vez más descarado. Esta elite apela a su rango, alcanzado por la voluntad de un pueblo, cuyo carente criterio lo hace asombrarse ante las promesas de un mejor mañana.

Si bien, el discurso del poder ha sido secuestrado históricamente por los gobiernos, ahora la madurez de la democracia nos confronta a asumir nuestra responsabilidad en el devenir de nuestro tiempo. Hay que construir una conciencia de pueblo. No basta con reivindicar a los cuestionados líderes del pasado, como ha sucedido con Tinoco y Mora. El poder del “demos” no se extingue en sus representantes, al contrario, esta dinámica generada por la pugna entre la voluntad de mayorías y minorías, fortalece la visión clara del país que queremos y estamos construyendo. Somos el pueblo, los protagonistas de este momento histórico único. La reflexión dialéctica nos corresponde y por lo tanto, hemos de apropiarnos del discurso liberador que ponga en nuestras manos el destino de todos: los costarricenses de hoy y los de mañana.

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